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Bebidas energéticas: ¿sabemos cómo funcionan?

Las bebidas energéticas SÍ SIRVEN. Afirmar lo contrario sería no sólo desconcertante para muchos corredores, que llevan años leyendo y predicando el Evangelio según Isostar (o la versión comercial que se prefiera), sino falso. Sus propiedades y milagros cuentan con hordas de testigos cuyos doloridos músculos al borde de la extenuación se han visto de pronto reanimados (cual Lázaro) y han podido seguir un poco más, justo cuando creían que estaban cerca de alcanzar ¡el límite del cuerpo humano! (ni más ni menos).


sin discutir, pues, el efecto de estas bebidas, cuestionémonos entonces el mecanismo.

Existe un par de interesantes estudios realizados por un equipo de fisiólogos de la Universidad de Birmingham, que han llevado a cabo una serie de pruebas con deportistas y cuyos resultados arrojan nuevas luces sobre algunos conceptos que hasta hace muy poco dábamos por descontado.


Experimento Nº 1

Ciclistas. Por delante (es un decir, las bicis eran estáticas) 40km. A la mitad de ellos se les administró vía intravenosa una dosis bastante alta de glucosa (el equivalente a unas siete bebidas energéticas) mientras que al resto no. Tras una hora de exigentes pruebas físicas, no se produjeron diferencias significativas en el rendimiento deportivo de ambos grupos. Curioso, ¿no crees?

Este resultado parece sugerir que el factor que marca la diferencia no reside tanto en las células que conforman los tejidos de los músculos que trabajamos cuando practicamos algún deporte. ¿Cuál es, pues, la clave para superar la fatiga muscular? Porque es obvio que se nota una gran mejoría cuando, en mitad de un gran esfuerzo, bebemos unos apresurados sorbos de isotónica o nos llevamos a la boca una chocolatina. Sin embargo, si lo pensamos un poco, el efecto recibido no es proporcional a esa pequeña cantidad de azúcares y minerales así ingerido. Y en cualquier caso, ese efecto jamás sería tan inmediato. Veamos un segundo experimento realizado por el mismo equipo de científicos. Tal vez descubramos algunos hechos interesantes…


Experimento Nº 2

Otra vez, ciclistas (siete hombres y dos mujeres) a los que se les pide que hagan una serie de pruebas de alta intensidad durante una hora. Sin que ellos lo sepan, unos cuantos de ellos forma parte de un grupo (llamémosle A) al que se le proporciona una bebida energética (una solución de maltodextrina, componente habitual en las isotónicas comerciales que solemos comprar). El resto (grupo B, esta vez) recibe una falsa bebida sin ninguna propiedad energética. Importante: todos los deportistas, de ambos grupos, creen que beben isotónica regular. Y así se disponen a seguir las indicaciones de los científicos que los monitorizan. Básicamente sólo hay una regla: prohibido tragar. Deben enjuagarse la boca durante 5 segundos con el refresco, escupirlo y continuar pedaleando. Así continuamente durante una hora. Teniendo en mente los resultados del primer experimento, ¿qué cabría esperar si comparamos el rendimiento deportivo del grupo A con el del grupo B? Parece obvio, puesto que conocemos la trampa, que nadie debería mostrar una ventaja significativa puesto que nadie ha bebido realmente y por lo tanto ni una molécula de glucosa ha entrado a formar parte del metabolismo de estos ciclistas.

Por otra parte, jugando a ser suspicaces, cualquiera que haya oído hablar del efecto placebo, podría pensar que debido a éste, tanto el grupo A como el grupo B podrían obtener un rendimiento superior a sus respectivas medias. ¿Con qué respuesta nos quedamos?

¡En realidad, sólo el grupo que se enjuagó la boca con la verdadera bebida energética mostró una mejoría notablemente superior a la del grupo B! ¿Cómo puede ser esto, si no llegaron a tragar el revitalizador líquido?



Hasta aquí los hechos y los resultados. A continuación, la teoría con la que trabajan los científicos.

Se trataría de que, en alguna parte de nuestro cerebro, existe un pequeño mecanismo que regula la cantidad de energía disponible para nuestros músculos ante un esfuerzo físico importante. Cuando esta energía corre el riesgo de agotarse, este mecanismo cerebral, como si fuera un circuito electrónico, activa señales físicas de agotamiento que deberían, por lógica, hacernos descansar y reponer fuerzas. Sin embargo, estas señales de alarma se activan de forma bastante conservadora al parecer, pues el dolor físico se estaría anunciando muchas veces de forma prematura.

La lengua (o alguna otra zona de la cavidad bucal), dispondría de algunos receptores de carbohidratos. Estos, estimulados por la pequeña cantidad de azúcares durante el enjuague bucal, emiten de inmediato una señal al cerebro sobre las sensaciones que están recibiendo. El cerebro se fía de estas primeras impresiones y ante la tranquilidad de que el organismo va a recibir refuerzos, se permite liberar algo más de carbohidratos de su reserva escondida. Esta sensación de bienestar, alivio y mejoría sería muy similar a las endorfinas que nuestro cerebro produce naturalmente o tras la ingesta de algunas sustancias como el chocolate.

Estos receptores de carbohidratos en la boca no son un as sacado de la manga. Se sabe desde hace tiempo que en algunas zonas de la superficie de nuestra lengua se detectan, entre otros, los sabores dulces. ¿Una ventaja evolutiva para reconocer los alimentos que aportan más energía? (¡Interesante!).

Sin embargo, no saquemos conclusiones precipitadas. En realidad, la maltodextrina que se suministró no tiene un sabor dulce (es una fécula parcialmente hidrogenada que cuando se disuelve en agua es incolora e insípida). Sin embargo, ¡los ratones sí que pueden distinguir específicamente la policosa, un polímero de glucosa cuyas féculas de almidón resultan ser de naturaleza muy similar a las de la maltodextrina!

Así es que antes de apresurarse a escupir a diestra y siniestra la isotónica, hay que tener en cuenta que experimento no es definitivo. Las conclusiones de esta primera fase reclaman más y mejores estudios, donde se descarten de forma más exhaustiva los posibles efectos placebos y se emplee una variedad más amplia de bebidas para comparar sus resultados.




Publicación con las condiciones del experimento y las valoraciones de sus autores (En inglés).


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